viernes, 27 de abril de 2012

María


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¡María, tan dulce nombre!, como todos aquellos días que tan lejanos, están siempre tan presentes, tan frescos, tan tuyos y sólo míos.

Ahora, aquí, no puedo más que traerte del olvido, porque en el futuro, se fundirán tus manos y mis manos y entraremos en tu jardín de nuevo para regar aquellas flores que con tanto amor cultivabas.

Eras pequeña, ojos achinados, blanca, rellenita, eras toda luz y sonrisa en los inviernos, azúcar en la cocina y en el llanto, brasa en los días fríos.

Cantabas y tu voz, era cascabeles en mis oídos nuevos. Villancicos en navidad ( en el cielo iban a abrir balcones para un casamiento), sevillanas en feria (soñaban las margaritas). Contabas cuentos para que entrara en esos caminos luminosos de la imaginación. También historias oscuras del “hombre del saco”. Me abrazabas, sonreías siempre, eras el rostro de la felicidad.

Te gustaba el pescado (tenías ojos verdes de gata). Preparabas boniatos, pestiños, torrijas, arroz con leche, poleas.

Sobre las camas, crucifijos. En las mesillas de noche, estampas de los santos, un rosario, la biblia. Oías la radio, aquella de enormes botones en el centro del salón, donde contaban novelas de mujeres desdichabas, sonaba Frank Sinatra, Nino Bravo, Elvis Presley, anuncios del Cola-Cao, la Coca Cola …  y Franco leía sus mensajes al pueblo español.

Dios, cómo quería estar siempre en tu casa, en tu jardín, observarte mientras lavabas o tendías al sol la ropa, sentarme sobre tu falda, en aquel delantal puro y limpio de la infancia.

A pesar de toda la dicha de los días azules, escondías alguna angustia, una tristeza extraña, un anhelo, cuando mirabas a través de la ventana, cuando el viento agitaba los pinos, o la lluvia, revolvía tus flores.