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Negro su cuerpo, lo amaba cada día, lo abrazaba, le hablaba, me acogía de luz y sombras. Era húmedo, firme, cálido, exhalaba nieblas blancas por las mañanas frías de invierno, era refugio, hogar.
Negro su cuerpo, lo amaba cada día, lo abrazaba, le hablaba, me acogía de luz y sombras. Era húmedo, firme, cálido, exhalaba nieblas blancas por las mañanas frías de invierno, era refugio, hogar.
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Sus brazos ramas rodeaban, la frágil, infantil figura, la esperaba a diario, impaciente, dócil. Sus ojos niños navegaban los espacios celestes-verdes de su alto follaje. Son instantes madera, sumaban horas conversando, vegetal presentimiento con olor a lejanía, recuerdos de chocolate y boniatos de sábados por la tarde.
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En el tendedero, junto al ombú, ella oreaba al sol las sábanas; blancas damas del aire, hadas primaverales. La ropa aún mojada, olía a alas de ángeles recién salidos del paraíso. Yo estaba por aquel entonces de inquilina en el edén, observaba el crecimiento, la floración de árboles, plantas e insectos y algún celeste con su túnica resplandeciente y sus bucles dorados recorriendo los senderos mágicos del lugar.
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Cuando me cumplió el contrato, quedé encargada de todas las especies arbóreas, las cuidaba, regándolas con las abundantes lágrimas del exilio, supremas de nostalgia y tristeza. Ellos crecían llenos de sensibilidad, abonados con todos aquellos recuerdos que cosieron alma a clorofila.
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El jardín de la memoria se hizo gigantesco y las pequeñas semillas que enraizaron en mis manos, alcanzaron la bóbeda celeste de los sueños, más allá de las nubes, las inclemencias, los vientos terrestres. Formas de injertar memoria vegetal en humana.
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