lunes 30 de noviembre de 2009

Piedras de Ceuta

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Esperaba, se hacía larga la espera. Cuándo regresará de aquel viaje.

Me prometió un tarro lleno de ellas, sería un tarro grande, cilíndrico que las contrendría con todos sus colores, pegados al frío cristal. En las playas de la Bahía de Cádiz no existían, con aquellos tonos intensos y tan diversos, las de aquí eran grises, negras, marrones, rojizas, blancas, pero no de la gama y tamaño de aquellas.


Vedrían de aquel lugar al sur, frente a Africa, donde convivían españoles con musulmanes, donde objetos de otras tierras llenaban las tiendas en las que ella, entraría a comprar aquellas zapatillas de piel rojas, con un timón blanco dibujado en su parte delantera.

Fueron de los mejores regalos que con mayor ilusión esperé. Tendría cinco o seis años. Creo recordar aquella fotografía en blanco y negro, con las manos en la cintura, calzando aquellas zapatillas. ¡Toda una imagen de felicidad!, que debe andar por alguna caja o baúl, con puñados de fotografías de otros tiempos.
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Aquellas piedras de colores delimitan los bordes de los sueños, con sus brillos y destellos iluminan cualquier oscuridad, cualquiera tristeza y siempre, me llevan al contorno de las orillas espumosas, al hipnótico ir y venir de cada ola, la llamada del mar en invierno, la desnudez en el verano.
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P.D.: Voy a buscar esa fotografía, la escanearé y la subiré al blog. Veréis que no miento.

lunes 23 de noviembre de 2009

La casa, la cristalera

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(Fotografía Sergio Levin)

No era sólo la casa, esa gran entidad de cal junto al verde de los pinos, y los colores intensos de las flores que aliviaban el abandono. No, era algo más que crecía desde otro tiempo y se extendía al interior, ocupando, desbordando la memoria. Todos los seres que la habitaron, giran alrededor de sus ventanales, los días y las noches. Las estaciones se suceden sobre el hueco inmenso de su inexistencia.

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Ni rastro de ella desde hace años, salvo dentro de mí, donde se van encendiendo sus luces y cerrando ventanas, donde a veces, suena el viejo teléfono negro de la entrada, donde ladra todavía aquella perra, y la cocina, huele a pestiños por estas fechas.
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Nadie sabe que allí, como en un pequeño microcosmos, la historia tejió sus entramados, un inmenso universo de aromas, sabores, abrazos y lágrimas que giran gravitando el hogar, una inmensa telaraña dentro de la cabeza, que se ilumina con los primeros rayos del día.
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Resistencia, en tantos años, no ha hecho más que resistir en vano, al demoledor paso de los años, por ello, aquella casa nunca desapareció del todo, de la ciudad que en mi alma se extiende como lugar indestructible. Una nube fantasma que flota sobre su espacio convertido en parque, sin esa belleza que la maleza y la vegetación imprimieran, hace mucho, a todo el entorno. Hay ecos vivos escondidos tras las paredes, suplicando tras las puertas, que pujan por sonar en el presente.
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Lo perdido toma sentido porque ha sido en mí, y de alguna manera, batalla contra la cicatriz del olvido. Esa voz que se hilvana a la piel y nos identifica, nos recuerda quién somos cuando nos perdemos.
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Dejé el coche en el hueco de la entrada. Las cristaleras mostraban sus grandes heridas por las que la casa agonizaba sombría, entregada a la ruina y la soledad. Nada me pertenecía ya, todo aquello que una vez amé, se derrumbaba inevitable ante mi desolación. Nadie quedaba allí, más que el sol descascarillando la madera del columpio roto.
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¿Hasta qué punto somos conscientes de los cambios, al punto de casi no reconocer?.
¿Hasta dónde ahonda la tristeza con sus dedos fríos en el presente, que necesitamos mirar atrás, muy atrás, para ser felices por unos breves momentos?
¿Hasta qué punto, todo se desvanece?






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viernes 24 de octubre de 2008

Injerto vegetal



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Negro su cuerpo, lo amaba cada día, lo abrazaba, le hablaba, me acogía de luz y sombras. Era húmedo, firme, cálido, exhalaba nieblas blancas por las mañanas frías de invierno, era refugio, hogar.
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Sus brazos ramas rodeaban, la frágil, infantil figura, la esperaba a diario, impaciente, dócil. Sus ojos niños navegaban los espacios celestes-verdes de su alto follaje. Son instantes madera, sumaban horas conversando, vegetal presentimiento con olor a lejanía, recuerdos de chocolate y boniatos de sábados por la tarde.
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En el tendedero, junto al ombú, ella oreaba al sol las sábanas; blancas damas del aire, hadas primaverales. La ropa aún mojada, olía a alas de ángeles recién salidos del paraíso. Yo estaba por aquel entonces de inquilina en el edén, observaba el crecimiento, la floración de árboles, plantas e insectos y algún celeste con su túnica resplandeciente y sus bucles dorados recorriendo los senderos mágicos del lugar.
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Cuando me cumplió el contrato, quedé encargada de todas las especies arbóreas, las cuidaba, regándolas con las abundantes lágrimas del exilio, supremas de nostalgia y tristeza. Ellos crecían llenos de sensibilidad, abonados con todos aquellos recuerdos que cosieron alma a clorofila.
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El jardín de la memoria se hizo gigantesco y las pequeñas semillas que enraizaron en mis manos, alcanzaron la bóbeda celeste de los sueños, más allá de las nubes, las inclemencias, los vientos terrestres. Formas de injertar memoria vegetal en humana.
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martes 16 de septiembre de 2008

El primo Fernandín

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Acaba de llegar el "Primo Fernandín". Corro, me posiciono a distancia pero lo suficientemente cerca para entrar en su ángulo de visión, no pasarle desapercibida. Me atuso el pelo, me sacudo los zapatos, plancho con las manos mi falda y lo persigo, lo observo escondida tras la silla, apoyada en la puerta, asomando los ojos por encima del mantel de la mesa estufa.
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Cuando sale al jardín, lo sigo sigilosamente haciendo parada de árbol en árbol con pequeñas y saltarinas paraditas. El hace como si no me viera, pero está pendiente de mí aunque esté de conversación con mi abuelo. Fernandín acaba de pasar la abrupta primera adolescencia, es universitario brillante y a mí me parece guapísimo. Tiene el pelo ondulado, oscuro, espeso, ojos pequeños, rasgados, orientales y unas gafas que le dan ese toque único sin las que no sería él.
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Es también delgadísimo, alto, al menos desde mi estatura me lo parecía. Venía de la capital a visitar a su tío (mi abuelo), hablando puro castellano, ese que en la baja Andalucía tanto nos cuesta pronunciar.
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Un gran reloj adornaba su muñeca, y una sensual voz me arrebataba y dejaba en estado catatónico cuando pronunciaba mi nombre, o cuando me sentaba en su falda y me daba conversación. Recuerdo que fue la primera vez que me enamoré. Me sentía en el paraíso, allí estaba yo, pequeñita, coqueta, con el hombre de mis sueños. ¡No se podía estar mejor en ningún otro sitio, que asomada a sus ojos negros!.
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Se marchaba, siempre terminaba yéndose a Madrid, hasta que ya no recuerdo cuándo dejó de visitarnos, cuándo dejé de recordarlo, o qué habrá sido de él, o cómo de blanco tendrá hoy el pelo, o qué habrán sido de los dos hoyuelos que se le dibujaban al esbozar la sonrisa más sensual del mundo.
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He sentido una gran necesidad de saber de él, ahora, después de tantos años y no sé por qué motivo. Todo ha venido a cuento de un retrato de Cesare Pavese que me ha llegado hoy a las manos y me lo ha recordado profundamente. Me parece que lo último que supe de él y no estoy segura, es que vive en los EEUU, que le sonrió la vida profesionalmente, que ya es bastante, y nada más que una ligera referencia sin confirmar de su vida privada.
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Queridísimo primo Fernandín, si estás ahí, enciende una lucecita, ya sabes junto a las vías del tren, en la casita de campo del tío Rafael de Andalucía, "El Recreo", se llamaba el lugar. Hoy no existe, en el lugar que ocupaba, han hecho un parque precisamente con una atracción que emula una estacíon de tren en miniatura, a donde los días de sol, los padres llevan a sus hijos a pasear en el trenecito.
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¡No es por otra parte sintomático, casual!. El tren sigue siendo eje, centro de una vida.
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Yo era una niña entonces, quizá lo siga siendo, porque seguro que me vuelvo a ruborizar si me mira con esos ojos azabaches y rasgados que nunca olvidé. ¿Escuchas mis tacones en el andén?, seguro que sí.




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viernes 20 de junio de 2008

Piedrecitas al tren

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¡ Piedreciiiitaaaaas allll treeeennnn!
A su sonido estridente
por los raíles zumbando.



Era verdad que los raíles zumbaban, hasta cuando el tren se alejaba, seguían zumbando. Cantaban y brillaban como un arcoiris plateado, señalando como flechas, el camino hacia otros lugares. Respondía a mis preguntas; sólo tenía que lanzarle unas pequeñas piedrecillas y los raíles plata, contestaban.


Nunca me atreví a lanzar piedricitas al tren, salvo unas pequeñitas, pequeñitas que casi no se notaran, que fueran como una pluma, un suspiro lanzado al bardo. Me gustaba verlos a su paso junto a nuestro hogar; ¡Qué viene el tren, correr, correr, pasa rápido, veámoslo pasar!


Los trenes de antes sonaban distinto. ¿ A dónde iban?, me preguntaba sentada en la tierra mientras transitaban a diario junto a casa. Yo vivía arriba, el tren pasaba siempre por debajo de mi vida, por debajo de mi puente, por debajo de mi árbol. Mi árbol era una enorme carroza con ramas altas y yo vivía también en el centro del árbol. Antes fue un palomar, por eso era mágico, hablaba el lenguaje de las aves y las estaciones. El árbol cantaba o susurraba, según la intensidad del viento, o lloraba y gritaba, si había lluvia o tormenta.


Conducía la carroza un gran caballo pío (blanco con manchas marrones), que era la rama más gruesa y crecía horizontal con respecto al resto. Me colocaba unas faldas verdes hechas con ramas de palmeras y los tallos de las flores eran las varitas mágicas que me trasportaban al país del gato rayado. En mi mundo, poseía muchas cosas hoy perdidas, que a veces recupero atravesando el armario, traspasando el espejo de Alicia, entonces, todas vuelven a existir y abrazo a aquella niña encaramada en el gran eucalipto.


Pues como iba diciendo, esos trenes llevaban pasaje de otro tiempo, maletas descoloridas, personajes fantasmas, niños de los años cincuenta, sesenta, la mayoría no subían a primera o preferente, muchos de ellos jamás dejaron el tren. Vestían desaliñados, como visten los niños de los países que acaban de padecer una guerra.
Niños que a pesar de su pobreza, estaban llenos de vida, de sueños, de energía, de ganas de salir adelante. Yo conocí a muchos de esos niños que ahora son grandes arboles, frondosos, mágicos y maravillosos, como tú. Otros, jamás pasaron de ser un tallo.


Nunca me contó mi abuelo, que tiempo atrás, muchos niños en Alemania, sería en tren, el último viaje que hicieran, supongo que sería porque yo era muy pequeña para conocer esas noticias. Después lo supe y no daba crédito a lo oído, lo leído o visto en televisión.





viernes 30 de mayo de 2008

Los armarios de mis tías

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Querido Hugo:
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Aquí andamos de nuevo, volví recordando con nostalgia, sin saber nunca a qué recóndito rincón de la memoria me llevarán hoy las palabras. Juego a la improvisación, a la espontaneidad, esa, que casi perdemos al crecer, pero que en este mágico espacio, está intacta, quizá por eso escribo, por retenerla, por reflejarme en su inmenso espejo que aún, el paso de los años mantiene cristalino, eso sí, subida a mis zapatos de tacón, con ese halo de inocencia y sensualidad que exhala el alma en alguien que en el fondo, sigue siendo una niña.
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Las habitaciones, los armarios de mis tías, eran mágicos. Tenían la costumbre de pegar postales de otros países en el interior de las puertas, y así yo sabía de esos lugares lejanos y maravillosos. Guardaban trajes con vuelos fruncidos en la cintura, tacones de punta fina, de los años sesenta, pintalabios, rímel, pestañas postizas, bolsos llenos de sorpresas.
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Cuando me adentraba en sus territorios, había que vigilar que no estuvieran muy cerca. Yo aprovechaba cuando salían a la ciudad, para registrarles el armario.
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Una vez con el permiso de tía Elvira, -esta vez lo hice bien-, me puse un vestido que me quedaba por los pies y salí al jardín, me sentí como Cenicienta bailando con el príncipe, como Aurora (la bella durmiente), cuando está en el bosque cantando con los pajarillos, como Nicole Kidman en la fotografía de arriba. Fue una tarde de cuento, era el jardín de Alicia, yo era Alicia y giraba, giraba y el traje despegaba del suelo conmigo dentro, mirando al cielo, junto a las adelfas en flor y el gran eucalipto donde mi abuelo colocó el palomar.
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¡Qué tarde querido Hugo, que tarde aquella!.
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lunes 31 de marzo de 2008

Yo estuve una vez en el cielo

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De pronto se me borra el presente, se desdibuja la realidad y recordando el pasado, me doy cuenta que sólo existo precisamente, en esa dimensión recóndita que moldeó el barro de mis ojos y así, distante, me dejo llevar por los aromas, texturas, colores y recuerdos de la infancia.
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Las vías del tren siempre cerca, la casa blanca rodeada de verde; árboles élficos, flores parlantes, caminos encantados y el lugar prohibido, salvaje, en el que jamás debíamos adentrarnos bajo ningún pretexto. La cocina siempre llena de aromas y latas de aceite, boniatos, patatas, jarras con leche... y gente entrando y saliendo, tan familiar ayer, como extraños o ausentes hoy.
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Por las mañanas muy temprano, cuando los perros comenzaban a ladrar y se desperezaban los gatos de mi abuela, ella me daba unas pesetas para el pan y otras cosillas que apuntaba por lo general, en aquel papel gris duro de los antiguos almacenes. Qué aventura atravesar el puente bajo el que el tren iba y venía de Cádiz a Jerez, de Jerez a Sevilla, qué blancas las mañanas y qué aire más limpio. ¡No te entretengas!, me decía. Yo, logicamente, no le hacía mucho caso.
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En el salón, el reloj marcaba contundente las horas con una alarmante campanada. Para qué servía el tiempo me preguntaba, sino para marcarnos de palitos el corazón. Sí el tiempo eran los días y las estaciones, aquella especie de letargo al sol de quién ignora la noche.
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Por entonces era un hogar habitado que comenzaba con sus éxodos, su partidas. Por eso puedo decir que yo estuve una vez en el cielo, antes que las ventiscas y los desarraigos aparecieran, antes que todo aquel mundo desapareciera, yo transité ese lugar y me lo traje, como un equipaje indispensable para la superviviencia en los desiertos posteriores, los desengaños, las roturas de los espejismos y el terrible aislamiento e insoportable soledad de ser, fuera de aquella casa que fue hogar y piel, abrigo y libertad.
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Antes de que todo eso aconteciera, me traje en el viejo cofre, las estampas azules de los sueños y el recuerdo de las blancas calas que emergían entre sus holgadas y verdes túnicas y las matas de fresas parlanchinas que colmarían las primaveras aquellas y mis labios de felicidad.
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miércoles 19 de marzo de 2008

La estación

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Cuánto tiempo desde la última vez que nos vimos. Fue en el rodaje de aquella película “La Trampa”. Desde entonces lo amo profundamente. El sabe que me encaramo tras la solapa de su chaqueta y que soy esa calima enamorada que producen sus ojos. Soy suya, pero no soy propiedad de nadie. El lo sabe, por eso el latido de mi deseo lo mimetiza en su corazón, dentro de la pitillera de plata que le regalé con el Peñón de Gibraltar.

Nos adoramos, nos tenemos, somos pasión, brasas encendidas cuando nos besamos. Sólo lo injusto del tiempo y las fronteras nos detienen. Los sueños ya nos han reconciliado.

El viernes su tren y el mío se detendrán en la estación de Saint-Lazare de París. El pavimento del andén será el primer peldaño a la felicidad.
Llega el tren, su pulso se acelera, camina buscando mi vagón hasta que mis curvas marcan la luz blanca de sus ojos. Desde la ventanilla, su silueta niebla aparece, se quita el sombrero. Me extiende los brazos, la megafonía anuncia la llegada. El encuentro.

El tacón negro avanza tembloroso. Asoma mi delgada pierna enfundada en unas medias grises con flores negras. Hace frío en París, sin embargo me arde el pecho bajo el abrigo y el clavel rojo del escote, se carboniza cuando me mira.

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jueves 13 de marzo de 2008

Los naranjos

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Qué éxtasis produce el azahar. Voy pisando flores con la punta del tacón, embriagada con el penetrante olor de los naranjos, mientras camino por la avenida que conduce al andén principal a esperar el tren de la primavera.(Siempre hay alguno especial que se detiene; aunque voy tarde).
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Iba ensimismada, seducida por el olor de estas sinuosas flores. Me decía que no haría más poemas con la palabra azahar o primavera, -esas cursilerías de poetas manidos y románticos-, y me pegruntaba para qué tanta flor por el suelo. Casi produce remordimiento pisar sus exóticos cálices, sus inmaculados pétalos, de hecho los voy esquivando mientras me digo: ¡písalos, písalos!, aunque más bien me apetecería coger un puñado de ellos y pasearlos por mi cuello, mis hombros, mi vientre. Colocarlos en mi pelo, dejarlos flotar en mi bañera, llenar los jarrones de mi alcoba con sus ramas...
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El otoño, su contrario, es otra cosa, produce más placer que remordimiento, pisar las alfombras ocres de hojas secas con zapatos de charol .
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Me respondo que el naranjo inventó este exacto aroma, indescriptible, único, por el solo motivo de la seducción, de los frutos, la reproducción. A quién no seduce la primavera, quién no siente unos locos deseos por desnudarse y exponer la piel al sol y a la brisa cálida de marzo. Al yodo y la sal del mar, a la paz de un lecho de trigo verde entre las primeras amapolas.
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Quién no siente unos deseos locos de seducción y ser flor por un día.

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martes 4 de marzo de 2008

El paquete olvidado

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Asomo los ojos a la estación del ahora y miro a través de la lente que atraviesa el túnel del tiempo y se detiene en la parada del ayer. En blanco y negro aparecen los raíles entre árboles y gris vegetación. Atraviesa el espacio la sombra de un tren, el sonido de un tren, el espectro de un tren, el tránsito, la lejanía.
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Los eucaliptos sonaban como sonajeros al paso del viento de levante y el olor de las acacias llenaba de amarillos los días de verano.
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Ella cortaba jazmines en el jardín y regaba las fresas y las calas.
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En algunas ocasiones había maletas en el recibidor, bajo el teléfono, junto a la gran radio del salón. Siempre había maletas en los andenes, hasta un paquete misterioso que alguien se dejó olvidado.
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viernes 29 de febrero de 2008

Penélope en la estación

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Estaba Pe, en su banco de pino verde, con su bolso de piel marrón entre las manos, estaba desesperada, empolvada, le caían telarañas del pelo, estaba cansada de esperar y ver pasar los trenes, pegada al banco, pooobre.
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Apenas Pe, si podía estirar las piernas, así que un día se quitó el traje de domingo, tiró a la papelera del andén ese antiguo y manido bolso, junto con el letrerito que pendía de su corazón con el nombre de su desaprensivo amado, y, eso sí, se dejó los zapatos de tacón, se colocó el traje más sexi y escotado de lentejuelas que encontró en las rebajas y aprovechando las vacaciones de semana santa, sacó billete dirección a las Bahamas.
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Se preguntaba cómo había aguantado tanto su abanico, verano tras verano y cómo sus ojos habían contemplado tantas veces caer las hojas de los sauces. Sin llorar, como él le pidiera, creyendo en su vuelta, sentada en la estación. ¡Pero será mentiroso el tío y yo infeliz!. Se acabó. Voy a escribir la letra de otra canción. El plomo era él. Era el amante ausente. ¡Menudo amante! "Volveré a por ti, decía...". Juro que no volveré más a dar pena.
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Así era yo. Para aburrir a los perros, esos cuyo eco aún resuena por las vías.


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jueves 28 de febrero de 2008

Traviesas

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Traviesa, infinita sucesión de traviesas, (así veían mis ojos el futuro). Una estación inmensa en cada pueblo. Trenes, cambio de agujas.Mis zapatillas pisaron las vías cuando era niña. En realidad siempre me han tenido cerca o yo a ellas. Es complicado caminar con tacón alto y no perder el equilibrio.
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Cosidos unos a otros, como las traviesas, voy hilando recuerdos, atravesando túneles, puentes, unos tras otros.
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Los mismos perros de antaño siguen ladrando en las lentas noches de invierno, hasta los que enterramos en el terraplén con vistas al ferrocarril, ladrán más fuerte y nítido que los vivos. A la mañana siguiente me contó mi abuela, que un hombre pobre se había tirado a la vía y la guardia civil acordonaba el puente desde el que se lanzó desesperado ¿se lanzó? al abisal fondo de hierro y piedra. Se marchó sin maleta, sin nada en los bolsillos.
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